Todos experimentamos emociones aflictivas, saber manejarlas es clave en la educación de los niños. Mindfulness nos ayuda a darnos cuenta de las mismas y a poder responder de forma eficaz.

Este verano hice una larga excursión en bicicleta con unos amigos y sus hijos. Íbamos por un camino bastante estrecho, por el que transitaban además personas a pie. Los niños pedaleaban delante, jugando a perseguirse y a adelantarse. Sus padres, varias veces, les llamaron la atención avisándoles que tuvieran cuidado. En un momento dado la niña mayor, Lola, se cayó de forma muy aparatosa tras chocar con la bicicleta de su hermano pequeño Pablo, que iba delante. Lo quería adelantar a toda costa y se acercó demasiado y se desequilibró. Lola se dio un buen golpe, se desagarró el pantalón y se llenó de sangre. Naturalmente, se asustó mucho y sintió miedo por el batacazo pero también, tal y como nos confesó entre hipidos, por la posibilidad de que la riñeran sus padres. Sintió  miedo y también culpabilidad y vergüenza tanto por no haberles escuchado como por haberse caído.

A menudo los niños pequeños (y no tan pequeños) se caen o se hacen daño entre juegos y actividades: un golpe, una magulladura o incluso una herida: sus primeras experiencias de sentir dolor y emociones aflictivas. La manera en que aprendan a manejar las emociones incómodas, en esas edades tempranas determinará en gran medida cómo las afrontarán cuando sean mayores.

Los padres o adultos que estamos junto a ellos en esos momentos tenemos varias posibles reacciones, que pueden ser conscientes o inconscientes:

  • Negar o quitarle importancia al dolor diciendo que no pasa nada.

En una situación parecida a la anécdota que he contado antes, el adulto puede tener  dificultad en conectar o dar importancia al dolor (real) de su hija en ese momento. Quizás él tenga también miedo y dificultad en conectar con su propia incomodidad o malestar en otros momentos de su vida y tiende a negarlo o evitarlo.

  • Reñir al niño diciéndole que ha sido descuidado y que no ha prestado atención, descargando en él la responsabilidad (más bien la culpa) de lo que le haya ocurrido.

Esta reacción está mediada por la rabia, el enfado que aparentemente tiene relación con que el niño no haya escuchado los avisos pero también cubrir y esconder otras emociones más profundas, como por ejemplo el miedo a que el niño se haga daño de forma grave y el deseo de protegerlo y mantenerlo siempre fuera de peligro, lo cual es imposible y, además, no permitiría que el niño creciera y aprendiera poco a poco a valerse por sí mismo

  • Distraer al niño del dolor o intentar “compensarle” con algo agradable, como un caramelo, chuche o un juguete; incluso proponiéndole jugar con el móvil para orientar así su atención a una pantalla.

Esta opción, que favorece tapar y enmascarar las emociones desagradables con algo agradable, al menos durante un momento, puede favorecer que el niño integre comportamientos orientados a evadirse de la experiencia. Esa evasión podrá materializarse en comer (cosas dulces o ricas en grasas), en llevar la atención a cosas externas para desconectarse de lo que siente (pantallas, videojuegos o relaciones virtuales) o incluso, en tomar sustancias (alcohol o drogas).

  • Reconocer y acoger la experiencia que el niño está viviendo, dándole un espacio y un tiempo para que pueda sentirla sin negarla o evitarla, mientras le ayudamos a manejarla, enseñándole a abrazar las sensaciones y emociones difíciles que siente en ese momento.

Es claramente la mejor y la única que permitirá que el niño aprenda a afrontar situaciones desagradables o adversas de forma eficaz; superándolas.  Es una opción completamente diferente a las demás porque no nace como reacción a la emoción desagradable que experimenta el adulto sino que es una respuesta amorosa hacia el niño, orientada a acompañarle de la mejor manera posible en su desarrollo como persona.

Esta última respuesta /está en línea con la práctica de Mindfulness, una manera de prestar atención de forma intencional a aquello que está ocurriendo, en el momento presente, con amabilidad y curiosidad y que permite elegir consciente y deliberadamente comportamientos más positivos y eficaces en cada situación.

Si te interesa profundizar en este tema, puedes encontrar más información en el libro que publiqué a finales del 2016: “Burbujas de Paz, un pequeño libro de Mindfulness para niños y no tan niños”  (Ed. Nube de Tinta). Se trata de un manual con el que tanto niños, jóvenes y adultos pueden acercarse, en tan solo ocho semanas, a la práctica de Mindfulness y experimentar sus beneficios en la vida cotidiana. Propone ejercicios sencillos, juegos y actividades divertidas para compartir en familia

Otra forma fácil de introducirse y experimentar Mindfulness es a través de nuestros cursos. Este otoño en el Instituto esMindfulness, además de los programas MBSR, proponemos por primera vez programas de Mindfulness especialmente diseñados para niños y para jóvenes, una fantástica forma de introducirles en una gestión más positiva de las emociones de forma temprana.

Por Sylvia Comas, directora del Instituto esMindfulness, Barcelona (España)